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Pamela Pizarro

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Pamela camina por el pasillo del segundo piso de la escuela Javiera Carrera de Iquique. Es alta, de tez trigueña, ojos color miel y a sus 13 años tiene una sonrisa de niña en la que empieza a asomar, lentamente, una bella adolescente. En sus manos lleva un trabajo de artes atrasado, que ahora va a entregar al octavo A. Está asustada como casi todos los días que se levanta para ir a la escuela.

Durante los últimos dos años ha sido insultada por varias chicas del colegio y aunque las ha acusado a sus padres, a las profesoras y a la directora, el acoso no para.

Apenas Pamela cruza el dintel de la sala, las burlas comienzan.

-¡Qué te pasai rollo, fea de (….)!… ¡Camina bien, andai parando el poto!- le dicen.

Pamela trata de parecer indiferente pero eso exalta más a las muchachas. Las chicas que quieren demostrar que nadie se mete con ellas –cosa muy importante en el mundo en que viven-, usan a Pamela para exhibir cuan fuertes son. Una chica le tira el pelo por atrás, otra le pega una cachetada por el costado. Una tercera termina por derribarla. Desde el suelo Pamela ve como todo el curso aviva a las agresoras. Se cubre el rostro y llora. Una ex profesora de Pamela, que conoció el incidente de primera fuente, afirma que la maestra de artes la emprendió con la niña caída.

-¿Usted viene a molestar o a entregar la tarea?- dijo la docente.

Es el miércoles 22 de noviembre de 2006. Pamela arranca por el pasillo hacia su sala donde hay otro grupo que también acostumbra a molestarla. Está muy nerviosa. Una de las pocas amigas que tiene, Constanza Zárate, la insta a ir donde la directora de la escuela, Magnolia Marabolí. La mujer, sin embargo, se irrita al ver a la chica llorosa.

-La directora le dijo: “a usted le gusta molestar pues, Pamela. Siempre viene con lo mismo”- recuerda Constanza. Una profesora también fue testigo de esa escena.

Minutos después, en el patio del colegio, una batalla campal está a punto de estallar. Las más bravas del los octavos se amenazan y se insultan. Las rudas compañeras de Pamela quieren desquitarse de las que agredieron a la chica. No lo hacen porque estimen a Pamela, sino porque son territoriales y tienen lógica de clan. Se citan para la salida en medio de gritos.

A las dos de la tarde, Óscar Pizarro y María Álvarez, padres de Pamela, llegan a la escuela. Él es transportista escolar y viene a dejar a los niños de la jornada vespertina.

-Papito, las niñas me dijeron que me iban a pegar a la salida de nuevo. Fui a donde la directora y no me creyó. Dicen que yo quería pelear con las niñas- le cuenta entre sollozos.

Óscar la abraza y parte con ella a la oficina de la directora. La situación ha superado todos los límites. Durante 2006 ha conversado demasiadas veces con la directora, con la orientadora y con la profesora jefe, sobre los insultos que recibe su hija. “Usted tiene razón, pero sabe como son las niñas. No se preocupe que vamos a llamar al apoderado, quédese tranquilo don Óscar”, le repite cada vez la directora.

Pero el acoso se ha transformado en golpes sin que nadie haga nada.

La chica que más molesta a Pamela, dicen sus amigas, es Viviana Rojas de 14 años. Dos meses antes de esa última encerrona, Viviana le reventó un globo con agua en la cara con tal fuerza que le dejó la mejilla roja por varias horas. Cuando Óscar la fue a buscar la encontró llorando en la inspectoría.

-Lo mejor es que Pamela lo espere en la oficina cuando la venga a buscar- le aconsejó la directora.

Semanas después, la misma Viviana la amenazó con ahogarla si osaba aparecerse por el paseo de fin de año. Y junto a la alumna Darlyn Espinoza, de 15 años, le advirtieron que si iba a la fiesta de graduación le cortarían el vestido, el pelo y además le ‘sacarían la cresta’, cuentan las amigas de Pamela.

Los padres reclamaron nuevamente. La directora Marabolí les aconsejó que ellos también fueran a la fiesta.

-Nos dijo: “Usted que es su mamita entra con ella al baño cuando quiera ir y usted, su papá, no la suelta del brazo para que no le pase nada. Ve que ahí va a estar más segura”- relata Óscar.

El padre entra en la oficina de la directora, pero antes de que diga nada, la mujer se deshace en disculpas.

-Ay, caballero, la niña interpretó mal las cosas, usted sabe cómo son las otras… No se preocupe, mire que no vuelve a pasar.

-No vuelve a pasar porque en este momento la retiro del colegio- respondió Óscar.

-Sí, es lo mejor que puede hacer. Yo también reaccionaría así- acotó Marabolí.

Durante el viaje de regreso a casa Pamela sigue sollozando. ¿Qué pasará con la prueba de castellano que tiene el jueves? ¿Y con el paseo de fin de año? ¿Y con la graduación? Los padres la tratan de calmar. Dará las pruebas pero no irá más a clases. Y para el paseo le prometen comprarle un traje de baño. Pese a las amenazas Pamela quiere ir a la graduación. Con sus amigas lleva tiempo hablando de ese evento como hacen todas las chicas. No se lo quiere perder. Pero también tiene miedo.

Sus padres le dicen que ya todo se acabó: el próximo año irá a otro colegio a estudiar enfermería y no verá más a esas niñas.

Pamela llegó a su casa más calmada. Después de almuerzo y para animarla, los padres la llevaron al mall para que comprara una polera para su graduación. Al regresar se sentó en su computador a chatear y le mostró a su mamá las conversaciones y piropos que le enviaban los niños.

-Le escribían que la amaban, que era linda, que querían ser los primeros en darle un beso. Ella nunca había dado un beso. Yo incluso le decía ‘pero, hija, un piquito’ y mi niñita me decía ‘¡Ay, mamá, me da asco de sólo saber que tengo que meter la lengua’- cuenta María.

Al día siguiente, el jueves 23 de noviembre, Óscar Pizarro se levantó como todos los días a las 7 de la mañana para hacer su recorrido escolar. Volvió a las 10 con su esposa y los tres se acostaron a ver tele, mientras comían pan tostado con mantequilla.

-Mi niña era demasiado regalona-, recuerda Oscar. “Siempre me pedía que yo le hiciera su pan porque a su mamá no le quedaba igual. Yo a veces… cosas que a lo mejor no se debe, pero le lavaba su ropa interior a mano, todo. Le planchaba sus jeans, cualquier cosa”.

A la hora de almuerzo la madre le dio una mala noticia. Una de sus agresoras estaba postulando al mismo colegio que Pamela.

-¡¡¡Pero mamá!!! ¿Siempre voy a tener que andar arrancando de estas cabras?- reclamó la niña.

-Déjame preguntar primero, hija. De repente no la reciben, debe tener su hoja de vida sucia. No pueden tener un informe de personalidad, no las pueden tener ahí…- le dijo. Pero ella misma no tenía mucha fe en sus palabras y por eso propuso otra cosa.

-¿No te gustaría ir a otro colegio, mejor?. Por ejemplo al Saint Margaret que está cerquita de tu abuela…

-Es que allá no hay enfermería…

Después de pensar un rato, la madre agregó:

-Mira, mañana vamos a ir las dos al colegio y preguntamos.

Pamela se tranquilizó. Al menos esa impresión tuvo su madre. Luego siguió en el computador y le empezó a mostrar los peinados que salían en la revista Tú. La chica indicó uno y le dijo ‘yo quiero ser así’. El peinado lo hacían en el mall y costaba 20 mil pesos. María le dijo que le preguntara al papá. Pero ambas sabían que le iba a dar la plata así que hicieron planes.

-Cuando te hagas el peinado y estés con tu vestido de gala te vamos a sacar hartas fotos y las vamos a mandar a la revista para que participes en el concurso- le propuso.

-Estaba contenta mi chiquitita- recuerda hoy María.

Pasadas las seis de la tarde, los padres salieron a hacer el recorrido escolar en el furgón. Antes de despedirse María le prometió a su hija que le compraría un bronceador y una toalla para el verano. En la casa quedaron su hermano Nicolás (16) y su nieta Anais (6). La pareja volvió 40 minutos después. La casa estaba en silencio.

La pequeña Anais subió a la pieza de Pamela y gritó desde arriba.

- ¡¿Mamitaaa, qué le pasa a la Pamela?!

Nicolas subió corriendo. El hermano gritó apenas entró a la pieza: “¡¡¡MI CABRA CHICA, MI CABRA CHICA!!!”

Pamela Pizarro se había ahorcado usando una de sus sábanas.